Todo es azul, puro e impoluto. Hacia la derecha, hacia la izquierda. Todo resta igual. Está lleno de color intenso pero a la vez vacío de luz vibrante. De repente en un punto del horizonte se insinúa un cambio de tonalidad. Un estupor bombea las entrañas del inconsciente y la racionalidad coge la brocha rápidamente bañada en azul. Un azul apagado y manchado de oscuro. La brocha permanece a la espera de la mutación de tonalidad con actitud hostil, pero a la vez su dueña la retiene encuriosida por la llegada.
Un suave olor casi impreceptile parece que se acerque vacilante. Una visita inesperada altera la serenidad o alegra la monotonía. La incertidumbre entumece de morado el aire, tan preciado y valuoso como un diamante, pero a la vez tan afilado y contundente que dificulta la respiración.
Ese olor ha recorrido mucho camino y puede impregnarme en su esencia para acompañarle hacia su destino.
¿Dónde ha quedado ese azul inoloro? ¿Será la brocha como una espina del rosal? ¿Arrastrará el olor la consciencia más inconsciente? ¿O sólo somos inconsciente?